• Elenita Tavelli

Un rato a la hora de la siesta en una muestra sin título dentro de un edificio detenido en el tiempo



Pienso muchas cosas, pero logro resolver pocas. Entre ellas, a veces me pregunto si encontrar

un lugar fuera de tiempo es posible. La respuesta más cercana que alguna vez encontré está en el Centro Cultural Recoleta, que con casi trescientos años de existencia, jugó de claustro, jardín botánico, prisión e incluso de primer Hospital de Clínicas de la Ciudad. Sin embargo, adentro de ese espacio casi arqueológico, ahora devenido en salas de exposición, el tiempo no pasa.

Tampoco los rayos impotentes del sol de Julio, que intentan filtrarse a través de los amplios

ventanales que separan al Patio de los Naranjos del pasillo. Un pasillo largo, de baldosas grises y paredes blancas algo descascaradas, que se sumerge en la calma provinciana de un domingo invernal. De vez en cuando, se escucha resonar el eco de alguien al pasar y en la cafetería, vacía, un mozo seca tazas al compás del barullo que hace su compañero al apilarlas. Son las tres de la tarde y el Recoleta duerme la siesta.

Sin embargo, esta vez, el sosiego adormecedor no tardó mucho en despertar. Entonces, oigo un martillazo. Al rato, otro. Otro más. Dos más. Silencio. Vuelve a arrancar. Así una y otra vez. Curiosa, sigo avanzando por el pasillo, ahora en búsqueda de ese sonido tan perturbador. Atravieso una de las arcadas y entro en una sala de 92 metros cuadrados de superficie y 45 metros lineales de pared. No obstante, el vacío hace eco.

En el despojo de esa sala número diez, la historia del edificio aflora. Los techos abovedados y los arcos tapiados renacen en función de un escenario para la nueva iconografía. En la cabecera, donde alguna vez pudo haber habido un altar, una pantalla toma el lugar y el poder del retablo y asciende del piso hasta superarme más de dos veces en altura. El ruido proviene justamente de ahí, de la proyección de un video tan inquietante como el sonido que persigo. Se trata del primer plano de un tomate rojo sobre fondo rojo, al que una vez tras otra, un martillo golpea sin efectividad. Porque si el ruido coincidiese con la acción, la fruta a la que todos llamamos verdura, tendría que hacerse a trozos y sin embargo, apenas llega a moverse de su eje.

Eso no es todo. Me vuelvo hacia atrás y en línea recta, veo un pequeño led empotrado en un

arco. En él, a un morrón verde sobre fondo verde, el tiempo parecería no afectarle. Apenas una sección de su cuerpo madura tornándose roja, pero después de un tiempo, vuelve a su color original. La transición se repite lentamente una y otra vez. Para el morrón, como para el

Recoleta, el tiempo parece ser cíclico. Determinar un pasado, un presente o un futuro no tiene

importancia porque su vida, un ciclo tras otro, sucede en loop.

Pero más que cualquier martillazo, súper tomate o súper morrón, lo que más me perturba de esta sala es la falta de texto. La muestra no tiene título, texto de sala ni nomencladores. Hay apenas algo escrito en la web; exactamente tres oraciones que no le aportan ningún sentido a estas imágenes que aparentan ser tan evidentes visualmente. Ante ese vacío sin respuestas, mis ojos se inquietan, pero mi mirada se frustra. ¿Por qué me resulta tan complicado el vacío de palabras cuando quizás no vale la pena decir nada?

Cuando en ningún otro ámbito de la cultura el discurso es tan relevante como en las artes

visuales, resulta muy difícil prescindir de las palabras, que no completan ni explican la imagen, sino que le dan sentido; son parte intrínseca de la obra. No comprenderlo o no estar de acuerdo con él, no importa; el discurso exige nuestra fe.

Ya en 2013, Ramiro Quesada Pons se adelantaba a mis pensamientos, cuando exhibía una serie de fotografías que retrataban modelos a escala de monstruos en plastilina bajo el nombre “En principio era el verbo (vos sos mi destrucción)”. La elección de una cita bíblica en alusión al génesis no es para nada casual. Porque allí descansa el relato del origen del universo, creado por Dios, justamente a través de la fuerza creadora de su palabra. Así, Quesada Pons intentaba explorar el proceso a partir del cual las antiguas civilizaciones llegaban a imaginar la forma de sus Dioses.

¿Pero qué hay de “vos sos mi destrucción”? ¿Qué daño le hace la palabra a la imagen a la cual paralelamente crea? Al parecer, o por lo menos para Quesada Pons, el daño de la palabra sobre la imagen alcanza incluso la destrucción. Del mismo modo en que el creyente confía en la lectura de las sagradas escrituras por una cuestión de fe, nosotros, cegados por la religiosidad de los discursos contemporáneos, seguimos comprando, conceptualizando y finalmente vendiendo el arte de nuestro tiempo, aunque éste no se canse de hacer la plancha. Porque el arte contemporáneo, si bien es ateo, todavía es un religioso de la palabra.

Pienso que entonces, tal vez el problema con mis ideas resida en esta obsesión humana por la

búsqueda de la verdad, que en tiempos obsesionados por la eficiencia y la productividad, no me permite aceptar la inexistencia de respuestas inmediatas. En cuanto a lo que refiere a Quesada Pons, por ahí haya que quedarse netamente con la imagen y la respuesta, por sí sola, algún día aparecerá. O quizás, simplemente deberíamos aceptar la inexistencia de un discurso universal detrás de la imagen, y creer que esto (como escribe el artista en el texto que figura en la Web) se “basa básicamente” en un rato a la hora de la siesta en una muestra sin título dentro de un edificio detenido en el tiempo.


Ramiro Quesada Pons

Centro Cultural Recoleta, Buenos Aires, Argentina.

Agosto 2015

©Elenita Tavelli