• Elenita Tavelli

Pertenecer


La fotografía es una ilusión de la realidad.

La fotografía es la extensión de nuestros ojos.

La fotografía congela el tiempo.

La fotografía amplía el mundo.


–Hola, pasen. No sé quién son.


Retratar, documentar, editar.

Revelar, evidenciar, conservar.

Encuadrar, tomar, imprimir.


–A ver chicas, miren un segundito a la cámara.

–¿Sonreímos?


“¡Whisky!”. “¡Cheese!”.

El tiempo corre, uno posa y vista en fotos, la vida pasa a ser un cliché.

La soplada de velitas para cada cumpleaños, la mesa servida y los comensales apretujados en una esquina para cada reunión de amigos, el beso delante de cada atracción turística para recordar un viaje de a dos, nuestras madres sonrientes por habernos atrapado aunque sea un minuto para la foto, y la lista podría continuar con miles de ejemplos más.


–¿Se casaron?

–Hace años. Ya están divorciados.


Las de Grinblatt son fotografías recientes y no tan recientes, todas en blanco y negro. El revelado artesanal y el borde de línea blanca las envejece. La ausencia de color las abstrae de la realidad y las convierte en recuerdos sin una fecha precisa. Y las corrige, claro. Sus balances de luces y sombras resultarían extraños a color; en blanco y negro nadie lo nota.

Las hay en dos formatos: pequeño y más pequeño. Apiladas a lo largo y ancho de una mesa de madera, cada una de ellas está envuelta en un folio transparente. Por encima, dos luces de estudio y por debajo, varios pares de guantes blancos impolutos para repartir entre los invitados.


–¿Quién es? ¿Quién es, Julio?

–Es Grete. Grete Stern.


Su bisabuelo escapó de los suburbios de una Varsovia tomada por los Nazis a una Nueva York excedida de inmigrantes. A su abuelo, la entrada a la gran manzana le fue impenetrable, pero eso no impidió que buscara refugio en otro lugar. Junto a su mujer, se establecieron en la provincia de Santa Fe, Argentina. En esa pampa seca criaron a sus hijos, que una vez adultos, ni bien pudieron, dispararon a Buenos Aires. Entre sus nietos porteños, Julio, a sus casi cuarenta años y en un guiño a su historia familiar, viajó a Nueva York en los ’90 para no volver.


–Ay perdoname, ¿En cuál está la Rizzo?

–En esta, mirá. ¿Se la prestás?


Durante sus primeros años en la ciudad que nunca duerme, inició una serie de fotografías a la que llamó “Pasillos”. Desiertos, estos pasajes arquitectónicos cuyo objetivo es conectar distintos espacios, reflejaban los sentimientos de angustia y desencuentro, propios de un emigrante recién llegado.

“Fotos de nada” retrataba las inmersiones del artista en plantas y arbustos de la ciudad, que aunque verdes y ramificadas, transmitían el mismo vacío que los pasillos, esta vez a color.

“Cielito lindo” era una única imagen de un cielo límpido, impresa en distintos laboratorios fotográficos. Abstracta, sin una figura que pueda dar referencia de color, el resultado de este experimento fue una serie de plenos celestes, algunos más parecidos y otros totalmente diferentes.

Las personas recién aparecieron en “Fotos de otros”, un conjunto de escenas y personajes robados, que el fotógrafo obtenía adelantándose al disparo de cualquier flash ajeno y desprevenido.

Sobre la mesa, los protagonistas y las situaciones que se exhiben en las fotografías, se adivinan propios. Artistas, curadores y críticos de arte argentinos. Sus casas, sus talleres. Una reunión de amigos, el nacimiento de algún hijo, un cumpleaños, o cualquier día de trabajo. Para Grinblatt son recuerdos y para el público, una invitación a ser parte de la intimidad de quienes conoce o no personalmente, pero sí de nombre.


–¡Miralo a Claudio!

–Y atrás hay un di Giro, ¿viste?


Celoso de lo que es suyo, Grinblatt trata a sus fotografías con los cuidados de un fetichista para con sus objetos de culto. Las comparte, pero recuerda no frotar el guante de algodón contra el folio de plástico. Podrían rayarse. Invita a dibujar y escribir el libro de visitas, pero pide que las hojas se pasen con cariño. Hay dibujos de mucho valor.


–Una relación que dure cuatro años ya es un éxito.


Este tipo de trabajos guarda relación con los retratos que hizo Schoijett de los artistas que compartieron con ella la Beca Kuitca o con los que Kuropatwa tomó de la escena de rock porteña de los ’80.

Más bien monumentales, los primeros mostraban a los artistas en pose hierática y frontal frente a su espacio de trabajo con el objetivo de documentar una generación, una época. Los otros, fotografías de estudio, fueron tapas de disco e imágenes que aparecieron en revistas y diarios, para destacar a los protagonistas del momento.

Con sus diferencias, Schoijett, Kuropatwa o Grinblatt, aunque ocultos detrás de la cámara, son uno más registrando a sus pares. Y todos lo saben.


–Julio, acá tenés gran parte de la historia de las artes plásticas.

–No. Tengo a mis amigos.


Un universo de nombres propios. Una familia sin parientes; a un clan de amigos, colegas, conocidos. Pertenecer.

(Silencio)


Aparece una foto del formato más pequeño, pero con borde más ancho que el resto. Se ha vaciado de contexto. Quién son ya no importa. Es un paisaje. ¿Sierras pampeanas? ¿Estepa patagónica? ¿Un guiño nostálgico a la pampa seca santafecina, quizás?

Dos caballos van en fila. El de adelante, ya encogido por la distancia, marca la salida del punto de fuga. El que le sigue, deja oculto su cuerpo, su rostro y a su jinete detrás del lente. Tan solo sus orejas quedan a la vista. Un par que, a decir verdad, son demasiado puntiagudas para ser de caballo y no de burro.


–Y díganme: ustedes, ¿Son artistas también?



Julio Grinblatt: Usos de la fotografía VII

Buenos Aires, Argentina.

Junio 2016

©Elenita Tavelli