©Elenita Tavelli

  • Elenita Tavelli

El huevo como caballo de Troya



A sus cincuenta y dos y cincuenta y tres años de edad, Marcel Broodthaers y Federico Manuel Peralta Ramos morían con quince años de diferencia y a un océano de distancia. La muerte precoz de los acuarianos autodidactas perpetuó su obra en la eternidad e hizo de algo tan simple como un huevo, un Caballo de Troya.

–El mundo nació de una gran yema –declaró alguna vez el belga que tras cuatro décadas de no haber sido bueno para nada, decidió convertirse en artista plástico. El huevo, ese microcosmos ovalado en cuya circularidad no hay arriba ni abajo, era para él un nacer en potencia, la esperanza de un comienzo perfecto, el origen del todo.

Ovale d’œfs (1965) pretendía ridiculizar el linaje del huevo dentro de la tradición pictórica flamenca y sus pretensiones de eternidad al temple. Tan frágil como efímero, ese montón de cáscaras de huevo sobre un tablón de madera ovalado, era capaz de reducir la historia del arte belga a sus “estructuras primarias”, tanto o mejor que cualquier pedantería minimalista contemporánea.

Del otro lado del mapa, ese mismo año y en Buenos Aires, un huevo de yeso gigante se desmoronaba frente a la mirada absorta del jurado que acababa de premiarlo. El autor de Nosotros afuera (1965), que en otra oportunidad había serruchado sus pinturas porque no pasaban por la puerta, ahora rompía su obra a mazazos con tal de acelerar su proceso de agonía. Federico Manuel Peralta Ramos no se hacía ningún problema por la caducidad temprana de su obra. Al fin y al cabo, no era más que un mal cálculo y una confección apurada de una obra in situ.

Cuando despilfarró la Beca Guggenheim del ‘68 en una cena para veinticinco amigos y familiares en el lujoso Hotel Alvear, se justificó diciendo ­que Leonardo había pintado la última cena y él la había dado. Ya después de semejantes irreverencias, sólo le faltaba profesar su credo DIY (la religión Gánica) y versar sus “canciones no figurativas” en un programa humorístico de la televisión argentina, que lo consagró como personaje excéntrico-popular.

Broodthaers y Peralta Ramos disfrazaron de humor el despertar de un mundo ya falto de argumentos, en el que la ironía parecía ser la única herramienta para desenmascarar las falsas verdades. Antihéroes, ambos construyeron una obra siempre inacabada y diseñaron su imagen personal desde el fracaso y la incomprensión. En su hacer, la incoherencia, el disparate y lo ilógico dejaron entrever lo serio de lo tonto y lo tonto de lo serio.

Le arrojaron huevos a quien hoy los institucionalizó. Porque mientras el MNCARS exhibe ya por segunda vez una retrospectiva de Marcel Broodthaers, el huevo de Federico Manuel Peralta Ramos ya fue reconstruido en dos oportunidades; la primera, por una curadora que proclamaba que éste había predicho internet y la segunda, por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, que sin entender nada, le homenajeó con un remake de su huevo hecho en hormigón. El caballo ya está en Troya, pero mientras ellos están adentro, nosotros afuera.


Marcel Broodthaers: Una retrospectiva

Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid, España.

Noviembre 2016