©Elenita Tavelli

  • Elenita Tavelli

El arte de crear intimidad

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Rue des Artisanses una galería detenida en el tiempo. En la planta alta del segundo toldo, el estudio de interiorismo de Bárbara Bertone ofrece un oasis urbano de serenidad, donde la impronta de lo artesanal se mezcla con lo plástico. Ahí donde la claridad tenue es contenida por paredes oscuras que resaltan las texturas, el brillo y la calidez de los materiales nobles, cada objeto de diseño encarna los valores y el pensamiento del alma mater del espacio. Para Bárbara, lo más importante no es el objeto en sí mismo, sino el sujeto responsable de su creación; el ebanista, el tejedor, el fundidor de bronce, el ceramista o el artista local que aporta a su trabajo un valor agregado: la tradición de lo hecho a mano. Bajo esta premisa, la diseñadora recorre la ciudad entera en visita de talleres y piezas de autor para luego ofrecer, desde su estudio, una curaduría exquisita de talentos.


En esta ocasión, a sus hallazgos se integran el arte fugaz de Irina Khatsernova y las obras textiles Guillermina Lynch. Como una gran instalación in situ, el trabajo de estas tres creadoras invita a contemplar el paso del tiempo desde la huella de lo humano, esa que se esconde detrás de cada uno de los elementos.

Desde que adoptó a Buenos Aires como tercer hogar, Irina crea instalaciones efímeras con flores, frutos y plantas silvestres de estación. Su inspiración oscila entre las naturalezas muertas barrocas y la austeridad nórdica. El proceso de trabajo es muchas veces más largo de lo que dura la vida de una flor; la estilista botánica no sólo recorre jardines particulares en busca de colores, texturas y aromas para sus ramos, sino que también diseña los floreros. Las cosechas caseras, a diferencia de las flores que se consiguen en el mercado, son imperfectas y duran menos, pero tienen mucha personalidad. Como artista de lo efímero, la fecha de vencimiento de sus arreglos no le asusta. Por el contrario, prefiere pensarlos como un work in progress, una obra que marca el paso del tiempo a medida que muta. Como una alegoría de la vida misma, para Irina,cada período de la flor –desde que es pimpollo hasta que se seca y cae– tiene su belleza particular.


De chica, Guillermina Lynch encontraba esa cualidad en el contraste entre el agua oscura de los estanques, el brillo dorado de los peces y la carne blanca de las flores que flotaban en él. A ese recuerdo primordial lo tradujo en dibujos que, con el tiempo, empezó a estampar sobre terciopelo. La particularidad de este textil de trama peluda cuya tonalidad varía según la luz con la que se lo mire la cautivó. Y en un intento por develar la capa más profunda de esa superficie sensual y vistosa, Guillermina estampa, quema y corroe la tela, dejando expuesta su fragilidad. Con el tiempo y el uso, los shablones –herramientas fundamentales de la serigrafía artesanal– se van agrietando y el color, entonces, traspasa los límites del dibujo. La flora y la fauna acuática muta, luego se fosiliza y termina convirtiendo a los tapices de Guillermina en un paisaje táctil de capas geológicas y sedimentos salinizados.


Así como Walter Benjamin creía que vivir era dejar huellas, para Bárbara Bertone, el espacio se transforma en hábitat recién cuando colecciona rastros de lo humano. La instalación se trata justamente de eso, de objetos, pensamientos y momentos que registran la existencia y enriquecen el ejercicio diario que se propone Bárbara desde su estudio: el arte de crear intimidad.




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Texto escrito para Barbara Bertone (Estudio Bb.ID).

Julio 2019