• Elenita Tavelli

Cuando la tensión en el aire se corta con cuchillo


Lucio Fontana (1899-1968) recordó alguna vez la anécdota de un cirujano que, después de un paso fugaz por su estudio, le habría comentado que “esos agujeros” los podía hacer él perfectamente. El artista, muy seguro de sí mismo, le contestó: “Yo también sé cortar una pierna, pero después el paciente muere”.

Era 1966 y ese mismo año, la Bienal de Venecia lo premiaba por una serie de diez cuadros barnizados en témpera blanca con un tajo en el centro. Concepto espacial: espera (1965-1966) defendía una realidad: la destrucción de la obra de arte por acción del tiempo. “El arte es eterno, pero no puede ser inmortal”, decía el artista, autor del Manifiesto del Espacialismo en sus dos volúmenes. “La destrucción material de la obra es inminente, el gesto perdura”.

Con cuchilla de carnicero más que con bisturí de cirujano, Lucio Fontana quiso hacernos entender que las manifestaciones artísticas no acontecen en la superficie física de un cuadro, sino en la cabeza de quien lo observa. Quizás por eso fue que el tajo se convirtió en su obsesión por un buen tiempo. En la Era Espacial, con recursos tan primitivos como un lienzo tensado y un gesto violento, él también buscaba alcanzar algo que siempre había estado ahí pero lejos, más allá.

En la Galería Cayón, dos claraboyas expanden al infinito los seis metros que separaban el suelo del techo cuando ésta solía ser un teatro. Ahora cubo blanco, impoluto, sin sombra y aislado de cualquier tipo de contaminación, el espacio exige silencio y el más extremo de los cuidados. Un par de finas cuerdas de color, otras blancas, se elevan tirantes hacia arriba y el ojo, en el conjunto, tiende a hacerlas desaparecer. Porque la mirada fondea en los cortes monocromos de Fontana, colgados al fondo, sobre la pared.

En esa especie de templo minimalista, el silencio se corta con cuchillo, y el aire también. Los dibujos esculturales de Fred Sandback (1943-2003) parecen tajos en el aire. La cuerda le da volumen a la nada y forma al vacío. Toda su carrera dedicó el artista neoyorkino a intentar alcanzar un tipo escultura que no tuviese nada adentro, pero al mismo tiempo, naciese de la sugerencia de un lugar. El poder de la línea para él era capaz de generar situaciones espaciales en tres dimensiones, que hiciesen de la experiencia de pasar a su lado, la impresión consiente de sentirse ahí, presentes en el espacio.

Justo antes de que Sandback despegara y su colega argentino aterrizara (o muriese) en Italia, hubo un instante de sus vidas en el que ambos coincidieron. Porque al mismo tiempo que el padre del Espacialismo se rasgaba las vestiduras ante la angustia de un espacio que nos había sido siempre negado, por lo difícil que resultaba verlo (no así imaginarlo), el norteamericano tensaba la cuerda y con ella los límites humanos para llegar más lejos, o al menos tener la ilusión de hacerlo.

Mientras uno construyó y el otro destruyó, de ambos surgió lo mismo: una línea. “La traza que deja un punto al moverse”, hubiese dicho Kandinsky, precursor de la abstracción y compatriota de Alexei Leonov, primer ser humano en realizar una caminata espacial. La experiencia del espacio, la conciencia del vacío, el tiempo, una sucesión de puntos que no se ven, pero que están ahí y para que se muevan, necesitan de la tensión para despertar y dispararse.

Una tensión que en la época estaba marcada por la rapidez de la invención, a la que el arte no era ajeno. Por eso, cuando por lo bajo se escuchaba comentar que la obra de Sandback, obsesionado con las cuerdas tensadas, ya no presentaba ninguna innovación de consideración, el artista, también muy seguro de sí mismo, contestaba: “No hago algo nuevo, hago algo más”.


Lucio Fontana / Fred Sandback

Galería Cayón, Madrid, España.

Abril 2017

©Elenita Tavelli