• Elenita Tavelli

Bajo tierra

Una galería comercial que podría pasar por desapercibida como cualquier otra, parece ignorar su ubicación a metros de la peatonal más transitada de Buenos Aires. Un oasis libre de turistas, anuncios de cambio y olor a garrapiñada, se encierra en el silencio de sus vidrieras vacías y de sus pasillos oscuros hasta hundirse en una calma casi religiosa. De pronto, la luz mortecina proveniente del subsuelo me inspira a bajar. Una vez ahí, el frío húmedo cala hasta mis huesos y un guardia de seguridad, escupiendo espuelas más que terrones de azúcar, me da la bienvenida. Una vez pasado el control, decide perseguirme a lo largo de todo mi recorrido por el simple hecho de haberme atrevido a entrar. Sola y en total desventaja, se me ocurre pensar que aunque nunca estuve en la cripta de un vampiro, las pocas películas que de ellos vi prueban que la Fundación Federico Jorge Klemm se les parece, y mucho.


Escapándole a la situación, vuelvo a pasar por el control de seguridad, esta vez para huir. En

eso, algo llama mi atención. A través de una puerta vidriada, veo alrededor de cuarenta pinturas de pequeño formato colgadas perfectamente alineadas en paredes ya no más blancas. “Es la muestra temporal”, me explica quien hace unos minutos parecía estar esperando el momento justo para clavarme sus colmillos.


“Amigos del Siglo XX” se exhibe en una sala donde el color verde de las paredes comparte el

mismo calificativo que el hedor del ambiente: mohoso. Pablo Picasso, Frida Kahlo, Claude

Monet, Lucio Fontana, Salvador Dalí… seguramente todos falsos. Y de hecho lo son. Si bien

los nomencladores no lo aclaran, el catálogo de la muestra las define como copias de

reproducciones de una selección de pinturas del Siglo XX en libros, catálogos y enciclopedias,

que hacen alusión al proceso más frecuente de aprendizaje de los artistas: la copia. Aún bellas pero algo deformadas, las pinturas no me transmiten nada más que desconcierto. Son

simplemente un plano visual, vacío de contenido y descargado de emociones; nada más. Sin

ningún criterio de selección y menos aún, un criterio curatorial, las obras simplemente cuelgan

en línea recta. No puedo hacer nada más que preguntarme quién las pintó y por qué están

exhibidas acá.


El quid de la cuestión es que Max Gómez Canle y su mujer –Maria Guerrieri, ambos artistas

contemporáneos- son los autores de las pinturas exhibidas. Si bien es cierto que el fin de las

obras fue decorar la intimidad de su hogar, lo no queda del todo claro es el objetivo del traslado de éstas al espacio de exhibición temporaria de una fundación dedicada al arte. Cuando esta como tal tiene el poder de legitimar artistas y su producción, ¿Por qué cederles el espacio a dos artistas contemporáneos para mostrar copias de reproducciones en vez de su propio quehacer artístico? ¿Puede la legitimidad de un artista hacer posible que éste sea valorado a su vez por su tarea como copista? ¿Qué es lo que diferencia a estas pinturas de las que podría haber hecho yo o cualquier otro aficionado no legitimado institucionalmente?

No creo que el objetivo de Gomez Canle y su mujer haya sido el de engañarnos exhibiendo

copias de reproducciones como originales. Mucho más convincente me parece pensar que se

trata de una denuncia a la copia indiscriminada de obras de arte. En una época en la cual las subastas no se avergüenzan de vender falsos y la industria de la copia resulta muchas veces más redituable que la que se dedica a producir novedades, “Amigos del Siglo XX” podría estar alertándonos acerca de la artificialidad de aquello en lo que hoy nos hemos convertido. Una maquina generadora de fetiches, marcas e ídolos para alimentar nuestra falsa seguridad sin indagar sobre lo que los subyace.


Pero con más dudas que certezas, empiezo a preguntarme acerca de si realmente deberían

importarme las intenciones del curador y del artista en torno a la exposición. Quizás mantener en el anonimato los nombres de sus autores y hacer brillar por su ausencia al curador y su guión curatorial sea justamente la crítica que plantea la muestra: la dependencia del “relato oficial”.


Ya dejando un poco de lado todas estas cuestiones, me paro todavía desorientada en el medio de esa sala. Allí, donde el silencio de ultratumba hace eco y la paz que anhelo no llega, me preocupa pensar que esta noche, más de cuarenta artistas ya muertos, seguramente se estarán retorciendo en algún lugar muy parecido a éste: bajo tierra.



Max Gómez Canle y María Guerrieri: Amigos del S. XX

Fundación Federico Jorge Klemm. Buenos Aires, Argentina.

Mayo 2014

Publicado por Ramona

©Elenita Tavelli