©Elenita Tavelli

  • Elenita Tavelli

Acerca de la intimidad de las formas


Lo que aparentaba ser un perchero ensamblado a un asiento doble, luce argollas por ganchos y es tan angosto que no podría sostener ni media nalga. Al lado, la mesita de vidrio con sus curvas tan sensuales, parece la versión Philippe Starck de una consola Luis XV. Su tablero ostenta un par idéntico de conos cerámicos de color piel. Sus picos, de madera barnizada, se unen mediante el paso de un caño de metal negro y ancho que, sin escatimar en sugerencias, penetra un disco de terciopelo rojo en pleno recorrido. En frente, la escena es otra, pero no se queda atrás. Lo que cuelga de la pared no es precisamente un par de lámparas de acrílico negro. Es una especie de macro-gotas lubricadas y de espesa materialidad que de no ser artificiales, empaparían lo que yace por debajo. Un círculo forrado de pana negra, cuyo estrecho diámetro es dividido por un pliegue de madera cuasi epitelial.


“Garage” es la escenificación de las apariencias ambiguas e insinuantes. Algo así como un

decorado retro-futurista capaz de transportar a cualquiera a un mundo alternativo a través de un viaje al pasado, al presente y al futuro sin salir del Centro Cultural Recoleta. Es que una vez más, la obra de Daniel Basso se hace pasar por mueble y se integra a la arquitectura para ironizar el glamour de lo excéntrico. Ese que hace que su comparación con la estética de Morris Lapidus en la década del ‘60 sea ineludible. La arquitectura MiMo (Miami Modern), como se la llamó, fue por aquel entonces calificada de pornográfica tras la exuberancia, artificio y vulgaridad de sus formas. Una encarnación del consumismo yankee de postguerra que pobló las playas de edificios en los que el uso del color no era pecado, la luz se manipulaba para crear efectos especiales y las formas se enrarecían para generar drama. Un drama necesario en torno al diseño de edificios de fantasía, en los cuales todo giraba alrededor de la diversión y el lujo.


En “Garage”, cuyo nombre también refiere al lugar de la casa más propenso a ser trasvertido, se hace presente el escenario en donde nada es lo que aparenta. Porque ni “Garage” es un garaje, ni lo que simula ser mueble lo es. Todo ha sacrificado su utilidad por la pretensión del capricho estético. Son objetos-espectáculo, manifestaciones del lema kitsch por antonomasia: nada está de más. Incluso el vinilo autoadhesivo que cubre las paredes se convierte en una pieza protagónica. Coquetea con las arcadas que la estética white cube supo callar y las disfraza de falsos azulejos de un amarillo engrasado.


La luz menguante tampoco se calla. En medio de esa oscuridad, como metáfora de lo furtivo y reprimido, los focos de luz penetran la intimidad de las formas y revelan la cópula de las

múltiples materialidades, texturas y temperaturas presentes en cada uno de los objetos.

Instantáneamente, el goce de lo sensorial sin concepto brota del cuerpo implícito en la forma.

Las fantasías, incluso las más reprimidas, despiertan frente a la materialidad táctil de las piezas.

Cuando la aproximación puramente sensitiva a la obra de arte es considerada obscena y ésta, desde lo conceptual, erudita; Basso reconoce que la escultura es mejor cuando es inútil. Está ahí para la pura exhibición y el mero placer visual.


Quizás todo se resuma a lo que explicó el intelectual inglés John Ruskin hacia fines del siglo

XIX: “La escultura no consiste en el simple labrado de la forma de una cosa, sino en el labrado de su efecto”. Así como garage es uno de los tantos términos que encarna la penetración cultural de lenguas extranjeras en nuestro idioma, en el Garage de Basso uno toca y es tocado al mismo tiempo. Lo que vemos y lo que con ello imaginamos, nos lleva a desconfiar hasta de nosotros mismos. “Garage”, así sea la exhibición de la intimidad de las formas o la exposición de las formas de la intimidad, es un conjunto de objetos dudosos, que aunque no nos gusten, ¿deberían gustarnos?




Daniel Basso: Garage

Centro Cultural Recoleta. Buenos Aires, Argentina.

Junio 2015